domingo, 18 de abril de 2010

Espejito, espejito...

ENTRE LOS MUCHOS PELIGROS QUE representa para la débil democracia que tenemos la continuidad del uribismo sobresale la pretensión de Juan Manuel Santos, no de imitar a, sino de ser el mismo Winston Churchill.

No es que se parezcan mucho, pero con el tiempo a Santos se le pueden abotagar y achinar más los ojos y, para ajustar, abultársele la barriga. Tienen algunas cosas en común. Cuando jóvenes fueron militares, aunque Juan Manuel nunca estuvo en una batalla, encuentro, zafarrancho ni nada que se le pareciera.

Los niños bien en Colombia no van a la guerra; si fueran, se acabaría. Churchill en cambio peleó en Sudán, India, y fue herido en la guerra de los Boers en Sudáfrica. Pero ambos fueron Ministros de Hacienda y Ministros de Guerra, y siempre oscilaron entre el conservatismo y el liberalismo. No sería una mera pesadilla que el día después de su posesión como presidente dijera en el Congreso de aquí, como si estuviera ante la Cámara de los Comunes: “No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Y la monte por ahí: “No pensemos más que en la guerra; todo para la guerra. Cuidado con aflojar la tensión. ¡Resistirlo todo, y adelante!”. Para llegar a repetir estas conocidas frases del héroe inglés, ha hecho Santos un largo camino meticulosamente preparado: Chávez es Hitler y Correa es Mussolini. ¡A la carga! Para esa época podría fumar habano y usar chistera. Meterse un sombrero de copa o bombín le quedará difícil, pero se encasquetará uno de esos sombreritos escoceses de jugar golf. Quizás hoy esté tomando clases de acuarela para pintar un crepúsculo en Anapoima. Con todos estos arreos se sentirá autorizado para declararle la guerra a Venezuela y amenazar con volver a bombardear Ecuador, porque las personalidades obsesivas son así.

¿Acaso Uribe ha dejado por un minuto de manejar el país como maneja El Ubérrimo? Y se ha disfrazado de todo: con zurriago y mataperros; con zamarros y con frac para comer con el Rey —¡inolvidable!—; con espuelas; con sombreros de Aguadas, de Sandoná, de Suaza y el clásico, el vueltiao, sin olvidar la mulerita, el ponchito, el sobretodito, para visitar Washington en invierno. Así nos gobiernan. Pero las cosas van a cambiar: una madrugada Santos se disfrazará de Comandante Supremo de nuestras fuerzas de tierra, mar y aire, y, binóculos en mano, vigilará desde Monserrate el avance de la patria hacia los Llanos, hacia la frontera con Venezuela; hacia el sur, la frontera con Ecuador. No se aguantará las ganas de jugar con los juguetes que ordenó comprar cuando fue Ministro de Defensa. ¿Para qué —preguntará— serviría entonces semejante gasto? “Me preocupa —dijo ya de candidato— que Chávez se esté armando de esta manera (con misiles y aviones de combate)”. “Esperamos que esas compras no signifiquen ningún tipo de eventual agresión, lo cual sería fatal para la región”.

Por el lado del vecino, las cosas no son menos preocupantes. Chávez acusa a Santos de “preparar falsos positivos para involucrar a su gobierno con las guerrillas colombianas”. El Washington Post, Vargas Lleras, Noemí le dan manivela al fuelle: Chávez prepara armas nucleares, Venezuela es la ruta de narcotráfico, las Farc preparan milicias nacionales chavistas. El expediente se irá fabricando hasta que Colombia —declarará solemne— deba perseguir a los bandidos en caliente y bombardear sus posiciones. Historia contada y refrita: maté a Reyes porque “traicionó al pueblo”, dijo hace poco el eventual comandante en jefe. Santos hereda de Uribe su rasgo más peligroso, creerse también Mesías y hacerse todas las noches, antes de acostarse, la pregunta de Churchill: “¿Pueden las colectividades modernas pasarse sin los grandes hombres?”. Y responderse, también con Churchill: “Hay un sentimiento de ausencia, de vacío, de carencia de algo, de imperfección…”.

¿Tendrá suficientes hígados mi viejo amigo Angelino —con quien he compartido ideales y esperanzas— de salir a lavarle las manos a Santos en sus futuras aventuras paranoides contra nuestro pueblo y contra los pueblos vecinos?

Alfredo Molano Publicado en El Espectador Abril 10 de 2010

Se unden en su inmundicia



Publicado en El Tiempo Abril 14 de 2010

Los titulos morales

INTUYO QUE LA DECISIÓN DEL PROcurador General en lo que tiene que ver con la senadora Piedad Córdoba es otra de sus desacertadas posiciones que, hoy por hoy, le han servido a la Corte Suprema para iniciar un proceso disciplinario en su contra.

El doctor Ordóñez ha demostrado con creces su ideología de derecha y la satanización de todo aquello que a él le parezca de izquierda. Por eso la decisión arbitraria de dictarle pliego de cargos a Piedad por sus presuntos vínculos con las Farc y una supuesta traición a la patria. Cómo así que uno no puede decir en el exterior lo que a la postre ha resultado cierto: que el Gobierno viola los derechos humanos, que ordena interceptaciones ilegales, que persigue a los magistrados, que asesinó a más de 2.000 muchachos pobres por el cobro de unas recompensas, que en los últimos siete años han muerto más de 1.500 sindicalistas. En fin, Piedad Córdoba y cualquier otro colombiano estamos en el derecho de denunciar en el exterior este tipo de conductas, sin que por ello nos puedan acusar de traición a la patria. El mundo debe conocer las barbaridades que pasan en este país por cuenta del actual gobierno.

Endilgarle a Piedad esta conducta de traición a la patria resulta tan absurdo como si acusaran a la Corte Suprema de lo mismo por haberse reunido hace unos meses con sus pares de la Suprema de EE.UU., a quienes informaron sobre los seguimientos e interceptaciones ilegales por parte de funcionarios del Gobierno.

El Procurador debería más bien acelerar sus investigaciones en contra de los funcionarios de Palacio que montaron una “máquina criminal” como lo ha sostenido la Fiscalía General durante la audiencia de imputación de cargos a unos ex funcionarios del DAS. Sin embargo, no sería descabellado pensar que mientras la Fiscalía ve unos delitos, él no ve nada. Así pasó con su providencia en el caso de la yidispolítica y así está pasando en el caso de la senadora Córdoba. Mientras la Suprema, que lleva más meses investigándola, no ve nada, el doctor Ordóñez encontró supuestas conductas irregulares.

No encuentro que el Procurador General tenga los títulos morales para investigar a Piedad Córdoba o a cualquier otra persona. Sólo basta con leer la providencia del caso de Yidis para comprender a cabalidad qué clase de persona es el Procurador.

No en vano le dictó pliego de cargos a Córdoba el mismo día que el país conocía con asombro y estupor los detalles sobre las chuzadas y seguimientos ilegales por parte del DAS y de algunos funcionarios de la Casa de Nariño a quienes el Presidente defiende con ahínco, no porque crea que son inocentes, sino porque sabe que una vez estén presos van a contarle a la justicia todas las barbaridades que hicieron. A este paso el presidente Uribe acabará con varios de sus colaboradores inmediatos presos.

A propósito de presos, convendría saber en qué anda el proceso criminal en donde están vinculados el ex ministro Sabas Pretelt y el ministro Palacios.

Felipe Zuleta Lleras
publicado en El Espectador 17 de Abril de 2010